09 noviembre 2008

Didier Daeninckx: El gigante inacabado (1). El paro sólo golpea a los inocentes

Hay escritores sociales, políticos, que desembarcaron en la novela negra para mejorarla, hacerla más profunda, más real, más viva, más auténtica, más útil. Siempre he sido un defensor de la literatura útil. En una época no muy lejana, al escritor Miguel Ángel Muñoz y a mí nos tachaban de desfasados porque defendíamos la literatura comprometida. Ha pasado mucho tiempo. Atrás quedó aquella asociación de jóvenes escritores -a cuya cabeza estaba la escritora y crítica Care Santos-, la respuesta de Soledad Puértolas -Escribid ese tipo de libros vosotros-, y tengo la sensación de que al menos a mí sí me ha pillado el tren. No he cejado en defender ese tipo de libros, he intentado escribir y publicar alguno, pero ni el mercado ni las musas me han acompañado convenientemente. Y he visto cómo se ha desacreditado a muchos autores comprometidos, cómo tantos dicen que la literatura sólo es literatura, que su compromiso es consigo mismos y con sus letras que podrían haberme convencido, conseguido sumarme a su causa cada vez más inocua e intrascendente, pero no lo han logrado. Sigo pensando que los viejos autores comprometidos -y los nuevos, que los hay- son viejos humanistas que no abdican de su fe en el hombre, en su evolución, en el perfeccionamiento social; viejos humanistas que no renuncian a creer en la libertad pero tampoco en la igualdad y la fraternidad, dos metas estas últimas aún no conseguidas en ningún lugar de nuestro querido mundo.
Pienso en todo esto -para que sigan diciendo que la literatura no sirve para nada- tras leer unas páginas de "El gigante inacabado", novela negra, social y política de un gran autor al que ya no se traduce en España, al que no se publica hace ya demasiado: unos obreros en paro van a hablar con el inspector Cadin y le piden que los meta en la cárcel, porque allí dentro "tendremos asegurada la comida e incluso el trabajo y cobraremos un salario en los talleres penitenciarios..." No es una broma, amigos. Hay muchos temas por resolver, muchas cosas aún en las que pensar.

28 octubre 2008

Mariano Sánchez Soler: Carne fresca


He leído algunas páginas de esta novela con el alma encogida, con rabia y con dolor. La carne fresca es la de niñas a las que se prostituye y están obligadas a entregarse a adultos que disfrutan con sus cuerpos débiles e indefensos como aves de rapiña. Pero no se trata de hombres públicamente rechazados, de comportamientos deleznables, sino todo lo contrario: gente que ocupa altos cargos, que vive en la altas esferas y cobra sueldos y recibe parabienes frente a las pantallas. Sabido es que la alta corrupción toca a las clases intocables, a las que velan por la salud física y mental de la población, la que da consejos y marca caminos, porque en cualquier lado puede surgir una oveja negra.
Sánchez Soler cuenta la historia de un atracador que se fuga de la cárcel para buscar a su hermana de catorce años, a la que los proxenetas de turno la utilizan como carne de reclamo para quienes pueden pagarse gustos muy caros y retorcidos y tienen el poder para esconder sus actos abominables. Es una obra de denuncia, en la que no hay pelos en la lengua. Y no es oportunista ni falsa -ni cuando se publicó ni ahora- porque su autor es un reconocido periodista que conoce bien los asuntos de los que habla, de primera mano, y que en su labor de escritor sólo ha añadido a la ficción nombres inventados para narrar casos que si no han ocurrido tal cual muy bien podrían haber sucedido. Este tipo de novela negra, aliada con la verdad y dispuesta a ahondar en problemas que pueden afectarle en un momento dado a cualquiera, no abunda en la actualidad, más centrada en llenar páginas forenses, en describir los procedimientos policiales y en entretener mediante un morbo algo malsano que no queda disimulado pese a tanta jerga, tanto distanciamiento parcial y tanta buena voluntad y presunta buena moral que en verdad sólo oculta un deseo de servirse de los temas actuales para ganar dinero con novelas repetitivas y sin hondura psicológica que parecen hechas en serie. Por eso traigo aquí "Carne fresca", porque es sincera, valiente y diferente y, partiendo de los mismos materiales que otros desaprovechan ofrece un resultado muy positivo.

(Esta novela se ha reeditado, junto a otra protagonizada por los mismos personajes, en el título que ilustra este texto) 

14 octubre 2008

Rosa íntima, de Rosa Silverio


Hay un camino en este libro, un dolor palpitante y una entrada en un espacio, íntimo y delicado, en el que la voz que hace poesía también deja escapar un lamento en el que hay aguijones y alas rotas, sexos cerrados y piernas que se pierden y no saben regresar, que no se reconocen a sí mismas aunque vuelvan a ocupar el lugar de antaño, porque de eso trata este libro de poesía y de esperanzas partidas, este canto que resuena en un interior pero que nos llega también mediante las páginas de un libro que es necesario abrir, en el que hay que dejarse caer como lo hacemos en el suelo después de habernos roto un hueso. Rosa Silverio es una mujer que sabe de qué están hechas las despedidas, así como los encuentros; sabe de qué se compone el desamor, así como el amor; sabe cómo crece la rosa del poema y sabe cómo hacerla caer con un soplido de versos que traen, ante todo, humanidad al que se acerca a su puerta y a su canto. 

Este libro no está plagado de tópicos ni de versos para recitarle a una amada sonriente y boba. Se nos cuenta en él -Rosa Silverio es también narradora, posee un agudo instinto para el trayecto de una historia y de sus vericuetos emocionales - el despojamiento de un alma adolorida, el recuento de un ave que se posa en una rama y rememora un viaje costoso y duro. Rosa Silverio sacude al lector con palabras que son como aguijones, con imágenes que se nos clavan en la memoria como tachuelas que no salen con más tachuelas sino con gritos que nos expresen y nos revelen en el mundo real e inevitable. Porque de eso se trata también: de decirle al mundo que todos sufrimos, que todos somos incompletos en el amor y en la vigilia, en el sueño y en el escenario, entre bambalinas y tras realizar un mutis o recibir un sonoro aplauso. Rosa Silverio nos iguala con su voz que se confiesa solitaria y enteramente humana. 

Hay algunas poemas que quizá flojean en el conjunto -"Ofrenda para un amor", "De par en par"-, pero que no rompen la armonía del conjunto. Brillan con luz propia otros -"La mujer dormida", excelente, "Nada es más triste", "El parque", exacto y diría que, en alguna medida, temible y de una consistencia casi insuperable- y además hay varios, como "Olvidarme" y "La lluvia", que están muy cerca de la altura que sólo los más grandes logran conseguir de cuando en cuando. No voy a poner aquí versos aislados porque pueden tan sólo mostrar mi gusto personal y no quiero alterar el orden ni la línea que llevan al poema conclusivo con que se cierra brillantemente el libro. Un libro que me recuerda que la literatura precisa cada vez más de concisión y de aciertos bien dosificados en un mundo lleno de prisas y de sobreabundancia. "Rosa íntima" tiene mucha poesía dentro, mucha y buena, y también algo de discurso, de filosofía, de narrativa. Y de invitación al lector a que participe, a que discuta con la voz que cuenta, que se queja, que propone un camino de desengaño, dolor, reconciliación con la vida y con los actos incomprendidos e incomprensibles. 

El que esto suscribe conoce a Rosa Silverio, la aprecia como persona de una excelente calidad humana, pero nunca había leído hasta ahora ninguno de sus libros. El que esto suscribe habla de "Rosa íntima" en un blog de novela y cine negro sin haber metido un pie en la locura y recomienda la lectura de este libro a quienes pasan buenos ratos con Marlowe, Archer y Carvalho. Ninguno se sentirá defraudado, al contrario, porque Rosa Silverio tiene una voz adulta y que sabe modular cantos en los que laten dolores y angustias existenciales que a los amantes de la novela negra no les sonarán lejanos. Y el que suscribe esto le recomienda también a cualquiera el libro de Rosa Silverio porque está convencido de que encontrará más de una brizna de locura y de esperanza, de amor y silencio que esperan turno para ser expresados en lo más íntimo de su estupor y de sus deseos. 

08 octubre 2008

Paul Newman, nuestro Lew Archer


Era un actor que decía que tenía suerte. Los más grandes nunca presumen, nunca caen en las  arenas movedizas de la autocomplacencia y el narcisimo vacuo. Son seres que miran a su alrededor, que son agradecidos, que tienen memoria y no traicionan jamás a las personas que les quisieron y que en ellas confiaron. Por eso todos respetaban y querían a Paul Newman. 

Fue el actor que encarnó al personaje más querido por mí de entre todos los que la literatura ha dado: Lew Archer, el detective privado que sabe mirar y escuchar, que sabe ser paciente y que sabe medir sus palabras como ninguno. En las dos películas que protagonizó, más inclinadas hacia la acción que hacia la contemplación en los guiones y en las novelas elegidas, lo de menos era el atractivo de Newman y lo de más su calidez, su inteligencia chispeante y comunicativa, su buen humor. También el aire de tipo vulnerable, de ser víctima de pequeñas derrotas, de una tolerada soledad involuntaria. Paul Newman, aunque con el apellido Harper en lugar de Archer, fue el detective de Ross Macdonald en la pantalla grande y con su voz profunda y honesta, con su interpretación sabia y libre dejó planos que nunca olvidaré, muecas que me hacen reír siempre, miradas que lo dicen todo sólo con un brillo y un leve movimiento.

Gran actor, gran persona, el mejor Archer posible, en paz descanse. Yo lo echaré mucho de menos. Desde que se murió Steve Mcqueen, él era mi preferido en el ámbito estadounidense. Adiós al hombre; que se abran las puertas del teatro de la leyenda.  

Visita: Un blog al que volverás: Ironías de la vida, de María Jesús Lamora

06 octubre 2008

Más textos, más voces

Pese al cainismo, pese a la censura, pese a la deslealtad, pese a todo, por indicación de alguien a quien quiero y respeto enormemente, este blog no se cierra. Ha bastado una sola palabra para que me desdiga, para que rectifique, porque uno no es un ente aislado y tiene muy claro que no está en posesión de ninguna verdad absoluta. El dolor desaparecerá, me dice esta voz -la de una mujer a la que venero-, y quedará tu trabajo, lo que honradamente hagas y digas. El pasado es un demonio sólo si crees en demonios, me ha dicho. Los que no te quieren no importan, piensa sólo en los que te quieren. 

Gracias. Por ti y por los amigos que vienen por aquí, por los que han acudido alguna vez a leer algún texto, retomo la actividad. Mi intención de cerrarlo estaba clara y era definitiva. Pero yo me borro y sigo el consejo sabio de una sabia mujer. Este blog ha sido un espacio positivo y no puede cerrarse por una acción negativa. 

Gracias y perdón. Rectifico. Me pongo manos a la obra. 

02 octubre 2008

De fotografía, un ex amigo y otras bondades

Se habla de mí en un escrito publicado en el blog de una persona que ya no es amigo y que no da lugar a la réplica en su blog, pues no publica el comentario que dejé ayer. Esto de los blogs y la moderación de comentarios tiene estas cosas. A veces se corta al que ofende y a veces se corta, sin más. 

Como se habla de mí, aunque sin escribir mi nombre, pero dando detalles que los conocidos y amigos pueden reconocer a la perfección y sirven para identificarme -estos escritos tan literarios pero tan faltos de la valentía de decir éste es éste y aquél es aquél nunca los comprenderé, como tampoco el utilizar a otros para sumar gloria a costa de recuerdos compartidos y hechos protagonizados por terceros-, no me queda más remedio que puntualizar aquí, en este blog de novela negra, literatura y cine del que me siento muy orgulloso por haberme dado nuevos amigos y nuevos conocidos a los que respeto y admiro profundamente y a los que pido perdón por este texto extemporáneo.

Puntualicemos. 

"Hace mucho tiempo, trece años quizás, un amigo que ya no está me habló del fotógrafo Robert Frank", escribe Miguel Ángel Muñoz. Y tengo que decir que no me he muerto, gracias a Dios, y que estoy por aquí aún, dedicado a esto de la novela negra y a leer, fotografiar y lo que buenamente se me ocurre. Me viene a la memoria el final de un fallido libro de Antonio Muñoz Molina, "Ardor guerrero", tras cuya lectura dejé de ser un asiduo del buen autor andaluz, en el que el propio M. Molina cuenta que va por una calle, aparece un personaje al que él ilumina con su mirada literaria y vuelve a las sombras cuando él deja de verle, algo que me parecía el producto de una mente egocéntrica, pendiente de su reflejo en el mundo. Con mi antiguo amigo Miguel Ángel Muñoz he tenido la misma sensación de que a uno le utilizan para llenar unos folios y darlos al mundo sin pararse a pensar en que el personaje de ese momento tiene una vida propia, que no tiene necesariamente que ser gris, ni azul ni verde, sino sólo distinta a la del narrador, a la de ese momentáneo iluminado que lo ve, lo apresa en unas líneas y lo deja ir como agua sucia por un sumidero. 

"Este amigo se encontraba en un momento de alejamiento de su dedicación completa a la literatura y de acercamiento apasionado, excesivo e incondicional hacia la fotografía", escribe mi ex amigo Miguel Ángel Muñoz, juzgándome públicamente, fijando en "excesivo" mi acercamiento a la fotografía, él, que debería de juzgar primero si su acercamiento a la literatura no es excesivo, con todo lo que escribe después en el mismo texto. ¿Por qué me acerco yo de manera excesiva a la fotografía? ¿Por qué a la literatura sí le está permitido que uno se acerque de esa forma? ¿Quién pone los límites, quién acota los terrenos? Supongo que tú, Miguel Ángel Muñoz, no eres el juez de esta causa. 

"Siempre le dije que se había alejado de la literatura porque es un oficio cruel, que nunca nos permite tener una idea fiel de lo que hacemos “en realidad”, de nuestros logros o fracasos. La fotografía, en cambio, es inmediata, y apenas llega el revelado –más inmediata, por tanto, en estos tiempos digitales- podemos tener una idea aproximada de lo que hemos hecho, y de su posible valor, sin necesidad de acudir al veredicto soez y siempre interesado pero nunca interesante de las editoriales a las que mandábamos nuestros textos, y que no nos sacaban de la oscuridad de los inéditos. La fotografía nos otorgaba una felicidad doméstica, al poder compartir la dicha de un encuadre bien resuelto, o de un efecto inesperado que embellecía la imagen. No importa que luego “supiéramos” que esa fotografía tampoco tenía valor. Su fuerza era la confianza que nos entregaba, la posibilidad de un presente en el que existíamos como artistas, salvajes dedicados a su arte, que, al revés que la escritura, nos recompensaba", escribe Miguel Ángel Muñoz. Me dijo que la literatura era un oficio cruel. Yo no lo sabía. No lo sabía el Ortiz que tenía un trabajo en una oficina y se levantaba a las 6 de la mañana, se envolvía en una manta en las húmedas madrugadas almerienses y escribía durante una hora todos los días, página tras página, una novela que nunca llegó a nada pero a la que quise como a un hijo pequeño. Ortiz no lo sabía, andaba por el mundo sin reflexionar, sin llevarse golpe tras golpe con los rechazos editoriales, como un idiota. Pero dejé de ser un inédito, Miguel Ángel Muñoz, cuando -gracias a ti, (lo que siempre digo en todos los sitios y en todos los espacios, siempre agradecido y lleno de memoria) fui leído por el compilador, Francisco Domene - conseguí que uno de mis relatos apareciera en la antología "Narrativa actual almeriense", de Riomardesierto. Ya no era un tipo con muchas cuartillas emborronadas e inútiles. Algunas pasaron a ser las de un joven autor antologado, una promesa -luego fallida, pero ésa es otra historia, sólo imputable a mi falta de originalidad y destreza en el arte literario-. ¿Por qué las fotos que hacíamos al principio no tenían valor, Miguel Ángel Muñoz? ¿Las tuyas y las mías? Me ofendes. Para mí tenían y siguen teniendo valor algunas de las fotos que hice entonces: sentimental, creativo -el período de formación de un fotógrafo-. Me desprestigias, ex amigo, me clavas puñales. Gracias a esos balbuceos, el aquí firmante ganó el primer premio de un certamen nacional sobre fotografía y discapacidad. Y gracias a esos balbuceos conoció a los integrantes del "Grupo Indalo Foto", pudo ser admitido en esa asociación fotográfica y algún tiempo después se encontró  con que los cuadernos editados por el Grupo -en los que colaboré y que codirigí-quedaron finalistas en los premios anuales otorgados por la Junta de Andalucía. Ambas cosas me llenaron de gozo. Y en ese "Grupo Indalo Foto" hallé además nuevos amigos, fotógrafos a los que admiré y con una obra interesante que los almerienses han visto expuesta en el Patio de Luces de la Diputación y en el Auditorio Maestro Padilla, entre otros sitios. Así pues, me alejé del mundo literario e intenté una nueva vía de creación artística sin faltarle a nadie, sin dejar a nadie tirado, sólo con mi empeño y mis deseos de estar vinculado a la creación artística. No dice Miguel Ángel Muñoz en su escrito por qué me alejé de la literatura. Lo diré ahora. Me alejé porque ideológicamente me cansaba y me aburría darle más carnaza al sistema, hacerle el caldo gordo con creaciones mediocres -las mías-que habría deglutido sin más. Me alejé porque me aburrió la ficción, porque me fatigaba la ficción, porque estaba harto de ficción. Necesitaba leer libros de viajes, de reportajes, libros de ensayo, libros de sociología, libros de filosofía, algo que apenas había hecho antes, centrado únicamente en el mundo literario de ficción. Me ahogaba y vi que la fotografía era un paso adelante, no un paso atrás, un acercamiento al mundo real, a seres reales: defendí con pasión la literatura realista antes y defendí con pasión la fotografía documental y de reportaje después. Lo vi como un paso adelante, insisto. Por eso me duele que un escritor desprecie mi labor fotográfica. No sé qué arte es el más importante, ni si hay categoría en las artes. Yo sólo sentí que dejando la literatura y abrazando la fotografía era más sincero, estaba más comprometido con mi visión del mundo y de los seres que lo pueblan. Pensar que una foto positivada en la tienda de la esquina es algo más inmediato que un relato escrito en unas cuartillas sólo es cuestión de gustos, pues si no se publican ni una ni otro dejan de ser un trabajo casero, íntimo, un logro puramente privado. Cuando miro mis fotos hay veces en que las imagino publicadas, como antes me ocurría con los relatos a los que les ponía el punto y final, pero sé que siguen estando en la primera fase, que sin observadores no hay más que un placer momentáneo y de índole muy limitada. Aun con eso, en ocasiones, uno se siente satisfecho sólo con darle el visto bueno al trabajo acabado. Es cuestión de perspectiva, depende de cómo es cada uno. 

"También yo hacía mis pinitos en esos momentos con la fotografía –con una máquina Cosina que mi amigo me había vendido para comprarse él otra de mayor calidad", escribe Miguel Ángel Muñoz, y percibo cierto tono poco agradable, como si yo le hubiera colado un artefacto pasado de moda o superado. Pero le vendí la cámara y varias ópticas para comprarme una cámara con una sola óptica -es mi opción: óptica fija (un 50mm, quizá un 35mm) y que no sea protuberante- y que, sobre todo, hiciera menos ruido, pues de lo contrario fotografiar de improviso o sin ser notado a una persona en la calle se hace imposible (la maldición de los que amamos la fotografía fuera del estudio). Se la vendí a un precio justo y de mutuo acuerdo. No creo que ninguno de los dos estuviéramos haciendonos un favor en la transacción, pues por el mismo precio tenía otro comprador. 

Miguel Ángel Muñoz, como era de temer, comenta una de las fotos del libro "Los americanos", de Robert Frank, en la que aparece un tipo que guarda cierto parecido con el que Muñoz era hace algunos años -bueno, yo siempre le vi parecido con él pero también mucho con su hermano, sobre todo por el gesto en que quedó retratado para siempre ese viandante-. Que un escritor hable de un ex amigo -yo- en términos poco gratos -no poner ni mi nombre ya dice mucho, pero en cambio fíjense, queridos lectores, en que sigue apareciendo en el blog de "El síndrome Chéjov" en la sección "Artículos sobre El Síndrome Chéjov", hoy, a esta hora (lo anoto por si es suprimido de inmediato), pues en esa parte están la entrevista que realicé para la revista "Foco Sur" a Miguel Ángel Muñoz y los textos laudatorios sobre las bondades de los relatos que componen su valioso libro-y muestre estas incongruencias y este poco saludable narcisismo me parecen producto de otra época y otros escritores, pero juzguen ustedes mismos. Me queda la triste sensación de haberme salido de una secta en la que entré maldita sea la hora. La secta de ciertos amantes de la literatura que no te perdonan que busques nuevos horizontes, nuevos caminos. Quede aquí constancia también de que cuando editamos los cuadernos del "Grupo Indalo Foto", pronto incluí un texto de mi antiguo amigo Miguel Ángel Muñoz que le solicité para la ocasión, ya que donde voy siempre llevo a la gente a la que quiero. Y conste que tengo la intención de seguir con la labor de este blog, que nació una tarde en que hablando con mi antiguo amigo Miguel Ángel Muñoz tuve la idea de crear un blog y enlazar el de mi amigo para enviarle cuantas visitas y posibles lectores fuera posible. Así nació este Novela negra y cine negro. 

Si Miguel Ángel Muñoz y yo hemos dejado de ser amigos se debe a cuestiones puramente privadas, a desencuentros que ya una vez nos alejaron hasta que un día, enterado de que pronto se publicaría "El síndrome Chéjov", hice de tripas corazón y lo llamé a su casa para felicitarlo, rompiendo muchos meses de silencio y de falta de amistad mutuos. Me alegré del éxito de alguien a quien aprecié sinceramente, con el alma, mientras fuimos tristes, solitarios y camaradas. Como digo públicamente siempre, no dejaré de admirar al autor de "El síndrome Chéjov" nunca -en la lista de mis libros favoritos, en mi perfil bloguero, permanece sin que nada pueda expulsarlo-, jamás dudaré de su capacidad artística y creativa. Sólo le pido a la persona que está detrás de ese libro, al Miguel Ángel Muñoz que no es escritor, sino hombre como yo, que respete al escritor que nunca he llegado a ser y al fotógrafo que medio he conseguido llegar a ser. 

  

30 septiembre 2008

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela (y 3). Crítica


Necesitamos más novelas como ésta.
No hay maniqueísmo, hay personajes, hay historia y hay una mirada personal sobre el mundo.
"Muerte en la escuela" es quizá la mejor de las cuatro novelas que Scerbanenco escribió con Duca Lamberti como personaje protagonista. Con una mirada netamente dostoievskiana, Scerbanenco toma un caso que podríamos quizá encontrarnos en las primeras páginas de un periódico hoy mismo y nos ofrece literatura de la mejor, honda y veraz, esquiva todo lo trillado y sabido. Unos chicos que asisten a una escuela nocturna violan y matan salvajamente a su profesora. Ése podría ser el titular. A partir de ahí, lo más fácil es dejarse llevar por lo superficial, lo impactante, lo que ayuda a ganar lectores y dinero. Pero Scerbanenco, un autor nada conformista, no siembra de detalles truculentos su novela, no la empapa de sangre fácil y no nos entretiene con una historieta de policías buenos que luchan contra malos ciudadanos y se ganan nuestra admiración de inmediato. La vida no es tan simple como la pintan tantas novelas de este género amado. La vida está llena de recovecos, de decisiones morales que pueden o no tomarse, la vida fracasa en demasiadas ocasiones porque el equilibrio social nunca ha existido.
Estamos en 1968. Duca Lamberti es un policía con un pasado irregular, con una compañera triste que le ama aunque los actos de Lamberti la han dejado marcada para siempre, con una hermana que le necesita y una sobrinita que muere en los primeros capítulos mientras él se entrega a su trabajo con fervor y quiere llegar al fondo de una escena del crimen que le atormenta. Scerbanenco sabe conmover, sabe hacernos sentir, sabe narrar. Y por eso nos quedamos paralizados ante el cuerpecito de la niña muerta, en el hospital, y ante la cara vacía y sufriente de la madre que ha perdido a un ser pequeño y especial sin esperárselo, a causa de una pulmonía que sólo mata a uno entre cien mil pacientes. Scerbanenco, en breves pinceladas, hablando de la ropita de la niña, eleva la categoría de novela negra a novela de calidad, de alta calidad.
Las investigaciones tienen su lógica. Lamberti presiona a los chicos, se mueve furioso y rápido, pero los chicos callan y se refugian en una hábil coartada: yo no lo hice, fueron los otros, no vi nada, me mareé y no me enteré. Pero son jóvenes, demasiado jóvenes, y Lamberti sospecha que alguien los ha azuzado, los ha empujado a cometer el crimen. Y la investigación rompe su lógica. El tiempo es un enemigo y a la vez un aliado cuando se tiene paciencia. Y Duca apuesta por un chico, se lo lleva a su casa, alejándolo del reformatorio en que lo han internado al ser menor de edad, y espera. La novela nos presenta entonces a un nuevo personaje, nos informa de cómo es la vida de los humillados y ofendidos de los años sesenta del pasado siglo sin abandonar la línea narrativa, sin añadir palabras, meditaciones ni inútiles digresiones. Y, como ocurre en las mejores novelas, nos creemos a ese personaje, empezamos a tener ya no una imagen unidimensional de él sino otra más compleja, cambiante, que a veces nos mueve a la compasión y a veces al desdén: como en la vida misma, como ante muchas personas que conocemos en la vida real. Y la investigación, atípica, como atípico es su investigador -Lamberti, una de las mejores creaciones de la novela negra-, desemboca en el lugar en que aguarda el horror, en que puja fuerte la venganza, en que el ruido es ruido y miedo y desolación e imágenes que desnudan a algunas almas humanas que provocan asco y dolor.
"Muerte en la escuela" es una obra maestra del género y una gran novela a secas. No hay zigzagueos cansinos en su trama, como tantas veces nos encontramos en la novela negra estadounidense, exhibe una transparencia deudora de una concepción dostoievskiana de este arte que está perfectamente equilibrada con la profundización psicológica, sutil y experimentada. Se puede ver toda la historia, abarcarse con una sola mirada, contarse en cinco minutos. En su prosa -que se arquea a ratos, que se encoge y se expande en otros sin romper jamás su ritmo interior, que es expresiva, susurrante y clamorosa según lo requiera la ocasión,- hay una voz que nada le debe sino a sí misma, que es el fruto de una vida dedicada a un oficio en el que se progresa constantemente, que dialoga con el lector y le pone delante palabras y expresiones que justifican el medio, la creación sobre papel. Y, además, nos plantea una serie de preguntas que no resultarán jamás baladíes: ¿se puede creer en la pena de muerte en la vida privada y defender en público su abolición?, ¿se puede confiar en una sociedad que crea víctimas y las apaliza hasta que no les queda más remedio que reaccionar y adoptar el papel de verdugos?, ¿caben las segundas oportunidades en el corazón de los humillados?, ¿y en el corazón de los que sólo piensan en sí mismos? Acabo recordando una escena: la abuela de uno de los chicos le cuenta a Lamberti que el juez determinó que su nieto dejara la casa paterna y quedara a su cuidado, pero es un muchacho díscolo y no le hace caso y desaparece y no vuelve sino cuando le da la gana. ¿Qué puede hacer una anciana en tal situación, que la rebasa? Cuando el chico lleva varios días sin asistir a la escuela nocturna y se halla desaparecido, la anciana duda y, como está legalmente obligada a informar a la policía, oye los consejos de la asistenta social, que le indica que espere, que no le complique más la vida al muchacho, y también las reflexiones de la maestra, que la invitan a informar sin tardanza, porque cuantos más días pasen más grave puede ser lo que ocurra. ¿A quién hacer caso? ¿Quién tendrá la razón? No os quepa duda, amigos, de que, como sucedería en vuestra vida o en la mía o en la de cualquiera, la decisión de la mujer se presenta difícil y con un hondo componente moral. "Muerte en la escuela" es, en definitiva, una novela negra y también un tratado sobre la pasión y la venganza que encierra un agudo análisis social y político que nos acerca a temas que a todos nos preocupan.

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela (2). Duca Lamberti

Duca Lamberti es uno de los mejores personajes de la novela negra, uno de los más creíbles y singulares, de los que han sido creados con mayor acierto y sensibilidad. Es un médico que estuvo en la cárcel acusado de practicar eutanasia. Se hace policía ayudado por un amigo de su padre, que se convierte en su superior. Conoce a la perfección las calles de su ciudad, Milán, e interroga a los sospechosos dejando espacio a la duda y mirando más allá de sus intereses inmediatos y sus convicciones, fiel al instinto pero también a una norma que podría acercarle a la definición de policía humanista.
Es creíble Duca Lamberti porque come, porque le vemos pensar y tener dudas, porque le vemos equivocarse, empecinarse con y sin razón, porque es un ángel caído, ya que nunca podrá remontar del todo la pendiente tras haber estado en la cárcel. Uno de sus errores le sale muy caro: la mujer a la que ama recibe multitud de heridas en la cara que la desfiguran para siempre. Pero ella no le abandona y él no deja que lo consuma el remordimiento. Hay que aceptar las cosas como vienen, por duras que sean: es una de las lecciones que se aprenden leyendo las cuatro novelas que Duca Lamberti protagoniza.
Por supuesto, es un policía singular. ¿Cómo podría quedarse, si no, tan arraigado en nuestra memoria? Saca del reformatorio a un chico y se lo lleva a su casa, le compra ropa y lo pasea y lo cuida aunque ha participado en un asesinato -el de la maestra -, y no lo presiona, esperando que le cuente lo que sabe, lo que vio, que le dé detalles para atrapar al secreto instigador que movió los hilos y se sirvió de unos muchachos para un crimen horrible. Es singular porque se vale de su propia ética para investigar -no deja de ser nunca un policía, pero no puede aplicársele la plantilla del funcionario rudo y cabezón que sólo tiene una idea entre ceja y ceja-, porque se juega el puesto para llegar hasta el fondo de los casos, porque sabe que siempre tendrá un pie dentro y otro fuera ocupe el lugar que ocupe, consciente de que todo es provisional.
Duca Lamberti es un personaje de su tiempo, perdurable, porque asume la culpa y sigue, no se hunde en hondas y vanas meditaciones, porque sabe que el sistema es más fuerte que él y se aplica en su trabajo a fondo como respuesta a la dejadez, la indolencia y el conformismo general. Y también porque padece, porque sufre conteniendo sus emociones, porque no rehúye la mirada en el espejo pero jamás se deleita en exceso ante lo bueno ni ante lo malo que pueda causar.
Supongo que, de haber nacido en los Estados Unidos, de haber sido valorado con atención por críticos y devoradores de novela negra que luego se han convertido en escritores, hoy Giorgio Scerbanenco sería considerado un clásico imprescindible. Lo es. Las cuatro novelas protagonizadas por Duca Lamberti pueden ser leídas por cualquiera, exija lo que le exija a una novela, y la mirada y la sensibilidad del autor nunca defraudan, y tampoco la originalidad de sus historias, la profundidad de las mismas y el equilibrio entre lo que se dice y lo que se sugiere, cualidad que define al gran escritor y le otorga el premio de la permanencia y el reconocimiento de los lectores avezados, los lectores exigentes, que se enfrentan a los textos con ojos limpios.